Jubileo de Roma: testimonios (II)
Continuamos con nuestros testimonios del jubileo de Roma. Os dejamos ahora el de Marta, desde Cartagena (Murcia).
Yo fui al Jubileo.
Y no tengo claro en qué momento dejó de ser un viaje y empezó a ser algo que me cambió.
No fue por las personas.
Fue por lo que pasó dentro.
Por ese silencio que solo se siente cuando todo alrededor es ruido.
Por esa certeza de que Dios estaba, aunque no lo dijera en voz alta.
Por la forma en que, sin buscarlo, sentí que estaba en el lugar justo.
Los frailes nos recibieron con paz y sencillez.
No necesitaban conocernos para acogernos.
Con su forma de estar, lo dijeron todo.
Caminé, recé, canté, sudé, esperé…
y entre todo eso, algo pasó.
Algo dentro se movió.
Como si Dios estuviera escondido en lo simple,
mirando sin ruido, tocando sin avisar.
Y luego, Asís.
No era la primera vez.
Pero Asís siempre es volver a casa, aunque ya la hayas pisado.
Siempre sabe esperarte diferente.
Fui sola al viaje.
Pero entonces lo vi a él.
Un fraile. Mi amigo.
Me miró, me abrazó, me preguntó cómo estaba.
Y hablamos. Mucho.
Como si Dios supiera que necesitaba ese encuentro.
No resolvió nada, pero me sostuvo.
Me dió fuerza solo con estar
Volvimos al Cristo de San Damián.
Me senté frente a Él… y lloré.
No por tristeza.
Lloré porque esa mirada me desarmó.
Porque no le dije nada, y aún así lo entendió todo.
Porque ahí no hizo falta hablar.
En Asís, el tiempo no corre.
Se detiene contigo.
Y cada piedra, cada silencio, cada calle te recuerda que la fe no siempre grita, a veces, solo abraza.
Volví.
Con los mismos zapatos, pero otra alma.
Más ligera. Más agradecida. Más yo.
Y aún así… no puedo contarlo del todo.
Porque lo verdadero no siempre se explica.
Se guarda. Se cuida.
Se siente.
Si estás leyendo esto, ya sabes:
yo no solo estuve.
Yo lloré.
Yo recé.
Yo fui tocada.
Yo fui otra.




